La
Verdadera Historia del Angel de los Titiriteros
de Javier Villafañe
(Del libro "Ámese Trotamundos por el camino de Don Quijote",
Seix Barral, Barcelona, 1983)
Los Ángeles tendidos sobre una alfombra de tréboles -en el paraíso
todos los tréboles tienen cuatro hojas- aguardaban la llegada del Arcángel
mayor . Estaban en silencio, iluminados apenas por el revés de las
estrellas. Esa noche iban a ser enviados a la tierra para proteger a los hombres
del maleficio del Diablo. Hasta ese momento, después de haber cumplido
las prácticas de vuelo , vivían en una despreocupada holgazanería.
A la hora de la cita llegó el Arcángel. Traía un tabalí
de terciopelo, una espada de oro un titilante haz de luciérnaga.
Los Ángeles formaron fila por riguroso orden de estatura. El arcángel
pasó revista. Después habló de la paciente labor que
debían realizar en la tierra . " El hombre -dijo- es una pobre
y débil criatura que por naturaleza se inclina hacia el mal. Necesita
la constante y desvelada vigilancia de un Ángel. El Demonio lo envuelve
en falsas redes tentadoras y logra así una abundante cosecha para colmar,
más tarde, sus hornallas enormes"
Terminó el discurso repitiendo algunos pasajes del manual del Perfecto
Ángel que todos, sin lugar a dudas, conocían de memoria.
Hizo una pausa, extendió una mano y señalando al primero de
la larga fila, el más pequeño y escurridizo dijo:
Serás el Ángel de los detectives,
Este dió un paso al frente, recibió el nombramiento y volando
descendió a la tierra.
El Arcángel prosiguió:
Tu, el Ángel de los pintores,
Tu, el de los panaderos,
Tu, el de los sastres,
Tu, el de los dentistas,
Tu, el de los diplomáticos.
Y así, sucesivamente, fue designando uno por uno:
el Ángel de los lecheros, de los escritores, de los médicos,
de los marineros, de los poetas, de los curas, de los prestamistas, de los
viudos, de las mujeres infieles, de los ventrílocuos, de los astrólogos,
de los astronautas, de los espiritistas. Amanecía cuando llegó
el turno del último de la larga fila, el más alto y delgado:
Tu serás el Ángel de los guardanidos. No quedó oficio,
arte , estado, profesión, sin su correspondiente Ángel. Hasta
los vagabundos tuvieron el suyo, un Ángel despeinado con las plumas
de las alas descoloridas.
Cuando el Arcángel creyó haber terminado con su tarea , vio
al pie de un árbol, como si no formara parte de la angelería
, a un Ángel rubio y distraído bebiendo y barajando unos naipes.
Vivía aparte del grupo. A sus hermanos no les gustaba juntarse con
él. Era la oveja descarriada de la familia. Tenía modales y
gestos que no eran propios de un Ángel. Hasta en la manera de volar,
un tanto provocativa -descensos que parecían aterrizajes forzosos-
lo distinguía de sus congéneres. Y, para colmo, días
pasados el mismo Arcángel tuvo que reprenderlo, severamente. Casi pierde
las alas. Lo sorprendió espiando. Había perforado una nube y
miraba, muy complacido, a unas muchachas desnudas bañándose
en un río. Desde entonces sus hermanos no volvieron a dirigirle la
palabra.
El Arcángel lo reconoció y fue a interrogarlo:
Y tu -le preguntó- qué estás haciendo aquí ?
El Ángel escondió los naipes y la botella de vino. Se puso de
pie cruzando respetuosamente las alas y dijo:
Nada. Aun no me han dado ocupación.
Y respondió el Arcángel:
Serás el Ángel de los titiriteros.

